Tarsi monta una peluquería en el cielo

Con su eterna sonrisa, que no ha perdido nunca, este mediodía se nos ha ido Tarsi García, una mujer de excepcional corazón y una de las mejores profesionales peluqueras que ha dado la tierra zamorana.

Esposa y, sobre todo, madre de Raúl, su único hijo, otro ser lleno de luz y de bondad como su madre; pilar de una familia pequeña pero fuertemente unida que ha estado a su lado sin moverse en estos años en los que ella ya no recordaba quién era, pero todos sí lo sabíamos. Ellos nunca lo han olvidado, nunca la han olvidado, dando un hermoso ejemplo de amor, de agradecimiento, de compañía. Querer a Tarsi era muy fácil.

Cuántas, cuántas novias zamoranas (mi madre, la primera) se habrán puesto en sus manos para ser las más guapas en su día grande; cuántas mujeres dejarían volar sus sueños en su tijera, su secador y sus cepillos para ponerse a la moda en la recordada peluquería de la calle de La Brasa, donde generaciones enteras de zamoranas cuidaron sus melenas y su estilismo y encontraron una amiga para toda la vida, su trato amable, familiar, tan cercano, tan extrovertido. Tarsi era pura vida, un ciclón, alegría, ausencia de maldad.

Te recordaré siempre con tu bikini al pie del Lago de Sanabria, nuestro Lago, en el embarcadero, una piedra más allá de la nuestra según se va al chalet de Lola y Julián, siempre sonriendo, tan simpática, divertida y cariñosa; también emocionada hasta los tuétanos cantando una salve rociera a medianoche a tu querida Virgen del Rocío y bailando sevillanas envuelta en volantes sin descanso en aquellas noches que no tenían fin en el tablao de Lola y Ángeles. Ay, aquellas noches rocieras en pleno corazón de Zamora, que luego tenían su prolongación en la Aldea, junto a la marisma, cerca de la Blanca Paloma.

Esta noche, entre esta lluvia y esta medio nieve que cae del cielo zamorano, una estrella de pelo corto y rubio encenderá su sonrisa en lo alto, porque eso, la sonrisa, ha sido tu signo también en la tierra; quizá fue lo único que jamás olvidaste, sonreír.

Abrazamos fuerte a los tuyos; sé que ya estás en las dulces manos de la Soledad, junto a nuestro Cristo de las Injurias, esos amores de tierra adentro, de esta tierra nuestra, que desde niño Raúl aprendió a querer de vuestra mano, siempre de vuestra mano; qué bien lo habéis guiado en la vida, qué orgullo y ternura de madre hasta el último día. Y Zamora una vez más se queda más pobre, tan necesitada de personas irrepetibles, generosas, buenas, tan luchadoras, que hicísteis de esta ciudad la casa de todos, acogedora, amigable.

Vuela, querida Tarsi, que ahí arriba ya tienes cola en la puerta; que en este viaje recuperas, por fin, todos tus recuerdos.

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