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Ribadelago, la memoria del agua

Han pasado 67 años. En la madrugada del 9 de enero de 1959, pasadas las doce y diez de la noche, la rotura de la presa de Vega de Tera arrasaba el pueblo de Ribadelago, provocando la muerte de 144 de los 532 habitantes de la localidad. 

Una tromba de agua, la oscuridad, el frío, los gritos, los lloros, luego el silencio. Las historias de los supervivientes hablan de un infierno en la tierra, a los pies de la montaña. La tragedia provocó ríos de tinta en la prensa nacional y ha pasado a la historia como la mayor desgracia sufrida en la provincia en el siglo XX. Después, una justicia injusta y la mordaza del silencio impuesto hizo que los muertos fuesen olvidados. Nunca hubo culpables.

Ribadelago se convertía aquel 9 de enero en un inmenso cementerio de lodo, a cielo raso. Aquella madrugada maldita que convirtió la leyenda de Valverde de Lucerna en realidad, esos muertos que tañen las campañas en el fondo del Lago. Ribadelago quedó destrozado, anegado por las aguas, partido por su médula, por su alma.

La destrucción. Los pies desnudos de los niños en el barro; la ropa que no cubría tanto frío; las madres con los críos arropados en sus toquillas negras; la mirada perdida en la montaña, en el agua.

Foto Heptener

La impotencia de los hombres, las lágroimas hacia dentro; un carro de heno empotrado en la puerta de lo que fue iglesia con su espadaña en pie; la nada de aquellas gentes curtidas, acostumbradas a vivir donde terminaban las carreteras; la promesa del progreso; la destrucción, el desgarro, quedaron reflejadas para siempre reflejada en el objetivo de Ángel Quintas y de las agencias internacionales. Mientras, la prensa del Movimiento, la censura, la consigna oficial de la España de la Dictadura, la que inauguraba los pantanos del progreso, era el silencio y el olvido.

Caja Rural Cajero

Foto: Ángel Quintas

El pueblo de Ribadelago, sus casitas de piedra y pizarra, quedó convertido en un erial donde brotaron cruces en los solares que un día fueron casas, palabras, vida. Aquel 9 de enero 144 hombres, mujeres y niños perdieron sus vidas bajo las aguas desbocadas. Ya nada sería igual.

Foto: Le Monde
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Sólo 28 cadáveres pudieron ser recuperados de las aguas del Lago. A ese dolor le sobrevivió una justicia que nunca llegó, la resignación de los supervivientes.

El silencio

Con un poblado diseñado para climas cálidos y no para los gélidos inviernos sanabreses, quisieron tapar la catástrofe, lavar conciencias con una caridad de postureo. Leche en polvo, mantas, latas de conserva. Un par de kilómetros más allá del lugar de la tragedia, en una umbría ladera norte, nacía Ribadelago de Franco, aunque siempre fue llamado Ribadelago Nuevo.

Foto: Ángel Quintas

Defectos en la construcción de la mampostería, ahorro en los materiales, avisos no escuchados por las grietas que filtraban agua, el llenado excesivo del vaso aquella noche maldita… la codicia del hombre reventó aquellos muros. La catástrofe obligó a la modificación en las bases para la construcción de futuras presas y los responsables quedaron impunes ante una justicia ciega que no quiso ver ni condenar.

Hoy, 67 años después, del dolor profundo de aquellas gentes ha brotado la vida. Una estatua en bronce de Ricardo Flecha y un Museo de la Memoria en Ribadelago Nuevo recuerdan la noche, la madrugada de «aquello». Nosotros cada 9 de enero rezamos a sus muertos y reescribimos sus nombres en el agua para que nunca se nos olviden.

📷 Foto portada: Heptener

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