A Melchor; de los tres, el anciano


Ya llegan los Reyes Magos al Belén de la vida. En su infinito viaje siguiendo a la estrella, se detienen cada año en este día. Haya o no cabalgatas, haya o no juguetes o regalos.

En este nuevo año además se abren paso entre el dolor y el miedo, entre el luto y el contagio, pero mientras aparezca esa estrella en el primer cielo del año, los sueños de los niños y de los mayores se harán realidad siempre en este día, aunque ahora esté cercado por la desdicha.


Hoy quiero dirigirme a Melchor, el rey anciano de la leyenda o el Mago de Oriente según las Escrituras. Anciano, con la espalda ya encorvada que disimula la púrpura, con las arrugas que cruzan su rostro y esconden la barba, al que por respeto, experiencia y tradición, ponemos el primero en el nacimiento en su andadura hacia el portal o al castillo de Herodes. Es el más viejo de los tres en esta hermosa mezcolanza de verdad y fantasía que fue, y es, su camino original.


Melchor, mientras andas, por los caminos del cielo, fascinado por una estrella, cuídate de que no les falte de nada a los ancianos y ancianas como tú, de tu misma edad, que tantas veces son los grandes olvidados y marginados de la navidad. Y más en este año maldito en que, indefensos muchos de ellos, han sido víctimas del vendaval de una plaga que ha llenado el mundo de desolación y muerte. En la información muchas veces, entre la indiferencia general, han aparecido como simples números pero eran vidas y tenían nombres, algunos muy queridos. Una hecatombe en la que ellos, por razón de la edad, han estado en una trágica primera fila.

A quienes se agarraron a la vida y resistieron las embestidas de la muerte, supervivientes heroicos, tráeles esta noche resignación en la palabra, amor entre las manos y, junto a alguna inevitable lágrima, la ilusión en la mirada que, entre unas cosas y otras, les hemos arrebatado. Pon resignación en tantos de ellos, de los que ha desertado nuestra sociedad.

Llevan colgada al hombro la amargura y apoyan su bastón en la pena. Se encuentran desarraigados, exiliados de la esperanza, desgajados de sus vecinos, privados de sus manías y costumbres, arrancados del espacio natural de vida que poseyeron para nacer, amar, trabajar, vivir y que ahora sin embargo no pueden tener para morir. Muchos están asilados, atendidos por la paciencia y voluntad de las personas que les cuidan más por amor que por un deber retribuido.

Melchor, cuida de ellos, enséñales a ver la estrella del perdón a quienes, de su sangre, no han sabido darles el amor de su compañía hasta el último de sus días. Diles que hay oro en su renuncia, en su soledad, en su marginación, que éste no es un tiempo de desesperaciones ni de lágrimas, de lamentaciones o resentimientos. Que mantengan vivos en su corazón tantos y tantos recuerdos que modelaron en su vida, en aquellos días felices que va nublando ahora la edad y sube la memoria al desván de la nada. Llévales, Melchor, por ese camino de la estrella que no desaparece ni se apaga nunca y conduce a la Verdad que ahora cabe en las manos de un niño dormido en una cuna.

Y a quienes se fueron del mundo en este último tiempo tan traidor, sin otro consuelo que una valiente y abnegada atención sanitaria, sin besos ni flores, enterrados casi en soledad, ponlos bien cerca de esa estrella que sigues, para que nosotros, desde aquí abajo, al verla encendida, sobre todo en estos días de la Navidad, podamos recordarles con el mismo amor que ellos siempre traían a los suyos, como el mejor regalo, en tantas noches de reyes como ésta.

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