Cofradía del Cencerro: vosotros sois la vida de una ciudad que se muere

El reloj ha dado las ocho. Es la hora. Hoy, 17 de enero de 2021, cuando la ciudad debería estar despertando a la alegría, al bullicio de la Peña del Cencerro, Zamora se recoge en casa a golpe de decretazo y todo es silencio.

Sus calles parecen esculpidas en hielo y cristal. Con este frío, los hermanos burros hubiesen metido buena ropa de abrigo bajo los jubones de tratante. La boina bien calada y el pañuelo anudado al cuello, protegiendo las gargantas de este soplo gélido que ha vestido a Zamora de blanco.

Pero todo es silencio. Está vacío el local de la Plaza de Alemania que cada 17 de enero, cuando llega San Antón, se convierte en un templo profano para el juramento de los biches. Vacía una ciudad que echa de menos la alegría vertiginosa de los Dulzaineros de la Calle Real, que todos los años se vienen desde Soria para amenizar el cortejo del burro Bolinche y sus acólitos, la ‘Cofradía’ del Cencerro, la insólita peña que tiene en Ángel Centeno su ángel en la tierra, su Burro Mayor.

Esta mañana Ángel iba con Gelete a ver a Bolinche, que vive como un rey, con una rosca, para que la tradición no se perdiese, al menos en parte, después de desparramar roscas y buen humor por las calles de Zamora durante sesenta años.

Están cerradas las puertas del Horno para cantarle un cumpleaños adelantado al Pedrero, y las del Chimeno, que cuelga en su pared las roscas como trofeos de guerra; suspendidos los rengues de Iosu y Vicen y la tortilla eterna de Paco, del recordado Bar Antonio. Cerrada La Vinacoteca, que es sede todo el año, y el.bar de Julio en el Multicentro; esas paradas que son como obligatorias estaciones, misterios de un rosario gozoso. No habrá pesebrada en el Gofer’s, con la paja y la cebada fresquita para la burra, que es burro.

Queda apagada, en suspenso, la alegría de los niños a lomos de Bolinche, la sonrisa y el agradecimiento de todos aquellos que se van con las manos frías y el corazón caliente con una rosca regalada y un buchito de aguardiente, el chasquido del brindis en las copas, el cántico sobre los manteles hasta el amanecer.

Cuántos sitios, cuántas cosas, cuántas personas se han quedado por el camino desde los tiempos de vestirse en la trastienda de Tasio y salir a la calle a matar el frío, el silencio de una tarde de enero. Aquellos castas de mi infancia…Quico, Castorín, Félix del Hoyo y su castañueleta…los buenos tiempos del Bullas, Chuchi, Eduardo, Sigi, el Deli, mi padre y toda esa «banda» casi hechos unos chavalines, y Loli, que hacía las veces de su padre.

Me encantaba verlos salir por La Costanilla, en solitario, no como ahora que se han convertido en «estrellas», ganando en participación pero perdiendo aquella intimidad que Zamora ha dejado ir en tantas cosas; sólo Reme, si acaso, que nunca faltaba a esa cita primera, y unas calles más allá mis primas y toda la «quicada». Y la dulce y paciente Maribel, madre consorte de todos los burros del Cencerro. Los esperaba con una mezcla de emociones entre la noche de Reyes y la primera procesión, porque ver salir del armario en casa el jubón, la boina, el pañuelo, era como ver las túnicas extendidas antes de salir en Semana Santa. Todo un ritual. Ilusión. Magia.

Ahora los biches de mi generación se han hecho veteranos y los veteranos del primer año son venerables garañones; a algunos y les pesa hasta el jubón. La sangre nueva ha llegado para quedarse en segundas y terceras generaciones Lara, la más pequeña, ya es mamá y un nuevo corazón late en su vientre, mostrando que el tiempo no se detiene para nadie, que cada 17 de enero es más que una marca en el calendario.

Es la hora y las calles están vacías, heladas. Zamora recogida por imposición detrás de puertas y ventanas. En este silencio, en esta tristeza, cierro los ojos, aprieto los puños y escucho a lo lejos, como un eco, a los Dulzaineros de la Calle Real. Y en mis manos una rosca invisible me trae el olor del anís y viene a mis labios el rastro de un vermú de Antonio del Chimeno, que está en la gloria con todos los burros buenos.

Brindo por vosotros, con vosotros, queridos hermanos burros de éste y del otro lado de la vida. Vosotros sois la vida en una ciudad que se muere.

Salud y alegría para 2022. Viva San Antón!!

📸 Ana Pedrero (Años 2018/2019)

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