Fuego sobre el agua

Vivo en una ciudad que sonríe detrás de su eterna mascarilla de piedra; una ciudad en pie sobre sus murallas, a caballo entre la historia y la leyenda, entre la tierra y el cielo.

Una ciudad cuyas gentes han sido modeladas por los siglos en el barro de los alfares, en el vino y el surco, en la generosidad hortelana que bendice el Duero, en el quejío místico del alma y la dulzaina y el redoblante, en la sombra de unos gigantes que sujetan sobre sus hombros el mundo.

Una ciudad que se echa a las calles a finales de junio con las llaves de la alegría y enciende pólvora de colores para pintar el cielo en la noche de San Pedro, para iluminar las noches sin luna, para vestir de luz efímera lo oscuro y desvelar su belleza impasible, sólida, maciza. Mi Zamora, tan bonita.

Ahora, mientras el mundo recobra el pulso, la noche permanece en silencio, tan ajena al calendario. Sólo una luna redonda ya mermada; sólo el río que fluye majestuoso a ser océano, sólo el agua bajo el puente en esta medianoche de un San Pedro sin artificios en el cielo, sin la magia del fuego iluminando lo negro y la piedra dorada de la Catedral emergiendo como un sueño. Eterna guardiana de Zamora, tan hermosa, inabarcable.

Es la poesía callada de mi ciudad en esta noche de San Pedro sin fuegos sobre el agua; este fin de fiesta ahora que cierro los ojos y evoco la letanía de la pólvora, la traca final de la alegría, los ojos admirados de los niños bajo el resplandor que viste de rosa las torres y los campanarios ya sin tiempo.

Volveremos.

Foto: Pablo Andrés

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