Madrugada santa

(A la directiva de Jesús Nazareno, que hace procesión todo el año a puerta cerrada, con tanto trabajo en silencio. A los miles de nazarenos, hombres y mujeres, que nos hermanamos en La Congregación. Al pueblo zamorano, que mantiene viva la llama de la fe a través de los siglos)

Escribo en la madrugada. Sólo la luz de la pantalla del móvil ilumina mi rostro en esta noche tan larga, tan oscura. El silencio podría cortarse con un cuchillo. Zamora duerme en esta madrugada que desde siglos espera en pie y siento que me han robado, que nos han robado el alma.

Si hay un instante estremecedor, único, es la madrugada del Viernes Santo en Zamora -la más mágica, la más bonita-, cuando el Merlú resuena por las calles convocando a vivos y muertos a la procesión. Lo juro, los siento, los he visto; regresan por el aire, apostados junto a las puertas de la iglesia de San Juan, entre la multitud de nazarenos y cruces, con las leves túnicas de laval negro que muchos se llevaron a la tierra como mortaja. Hoy mismo han vuelto para subir al Calvario de Las Tres Cruces y besar desde lo invisible el dulce rostro de la Soledad. Están aquí.

Escribo mientras Zamora duerme en esta irreal madrugada en que debería estar despierta siguiendo el paso del Nazareno, el etéreo pañuelo de la Verónica acariciando el amanecer, el dulce consuelo de Las Marías, que lucen crespón negro por Juanjo, quien con tanto amor y orgullo las guiaba por las calles. Compañero del alma, tan temprano… Ahora caminarán por tu mano, amigo Isi, que tantos años has arrimado el hombro para que posasen sobre tu espalda su poderoso, majestuoso caminar. Escuela de cachorros, de vida, familia sin necesidad de la sangre. Es la mañana de los cargadores.

Escribo casi con los ojos cerrados en esta madrugada santa que debería ser bullicio, gentío, emoción, devoción, sopas de ajo, garrapiñadas, reverencia, abrazo, ese cielo incierto cuando se recortan las Tres Cruces y comienza a clarear. Y aprieto los puños y deseo que se cumplan los pronósticos y llueva; que jarree en esta madrugada que no parece La Madrugada, que sea el agua la que borre esta calle de la amargura en el mapa de nuestras carnes.

Más allá de la procesión, de la música de Thalberg cuando el reloj marca las cinco, de la brutal arrancada en la calle cuando Jesús Nazareno comienza a andar y un ejército de cruces se alza al cielo; más allá de los rezos sin palabras, del relente del amanecer, de esta fe sin púlpitos y sin filtros, de ese Cinco de Copas que levanta corazones cuando se pone en pie a la voz de Raúl, esta madrugada es Zamora en estado puro, Zamora a flor de piel, en vena. El inmenso corazón del pueblo latiendo en las aceras, bajo los pasos, bajo la túnica.

Zamora acompaña al Nazareno y su Madre a cielo raso y se echa a la calle, se asoma a ventanas, balcones y miradores, siente la llamada más profunda, más honda, más hermosa, cuando suena el Merlú golpeando los cimientos de su alma y rasgando el cielo.

Este es el milagro sin evangelio que vive y escribe cada año mi gente, mi pueblo, que convierte esta madrugada en magia pura, aún más que la noche de Reyes, entre el dolor y la esperanza, el luto y la alegría de saberse parte, eslabón en una cadena de siglos que une el cielo con la tierra, la vida con la muerte, la luz con las tinieblas.

Por eso escribo a golpes de corazón, hay latido en cada palabra, en este silencio que me mata, que no me deja dormir, que mantiene la vigilia a la espera de que amanezca. Invisible a los ojos del mundo, Jesús Nazareno carga con la cruz y sube hacia el Calvario en un año con tantas almas, tantas estrellas iluminando su camino.

Los vivos duermen y nuestros muertos resucitan a su lado. Ese es el misterio de esta madrugada sin Merlú, en carne viva. Siento que nos han robado el alma, pero siento también el latido rabioso de Zamora en las manos de la Soledad, donde cabe el mundo. Se llama amor y eso no hay quien nos lo arranque.

Fuera, por fin, cae sin pedir permiso esta lluvia de abril que limpia tanta pena, tanta ausencia, tanto vacío. Agua bendita para nuestros campos. Agua mansa, primavera que lava este precipicio de emociones, tantas lágrimas, esta desazón, este sentimiento de pérdida. Lluvia que da tregua a esta madrugada en vela, a este santo viernes en que Zamora, sus imágenes y su alma, permanecen en casa, las túnicas en el armario. Todo es calma en la plaza de los tilos.

La procesión se suspende por lluvia, los pasos se quedan en el Museo, no se abrirán las puertas de San Juan; esto sí es de ley natural. Me niego a pensar que un virus maldito ha puesto de rodillas al mundo, nos ha robado tanto, nos va a vencer.

Mi ciudad continúa en pie fiel a la llamada del Merlú, que canta en bronce cada día. Vive hacia dentro su Semana Santa en tiempos de pandemia. Somos mucho más que una fecha, una semana; que esta procesión que hoy soñamos con los ojos abiertos. Somos cofradía, la que el pueblo llama en su voz más llana La Congregación. Somos la memoria de la tierra, de la sangre.

A lo lejos, en el cielo de Zamora, comienzan a dibujarse Tres Cruces que siempre marcan el camino al Calvario en tierra de nazarenos. Amanece.

Salud para el año que viene, hermanos.

Fotos: José Luis Leal

Fotos: Rafael Lorenzo

Fotos: Ana Pedrero

Un comentario en «Madrugada santa»

  • el 2 abril, 2021 a las 18:03
    Enlace permanente

    Gracias por llevarme de la mano, a través de tus bellísimas palabras, por el corazón de Zamora, y sus zamoranos y zamoranas. A muchos kilómetros de ahí, os envío todo mi cariño.

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