Toque de queda en la calle de la alegría

La Calle de Los Herreros, epicentro de la hostelería y el ocio nocturno, presenta un aspecto fantasma esta noche con el toque de queda.

Es la Calle de la Alegría, del bullicio, de la VIDA. La que vierte en cuesta hacia Santa Lucía y, un poquito más abajo, el Duero.

La calle de los encuentros y de los abrazos, de los chatos y los chupitos, los quintos y los ‘vía crucis’; las quedadas de la vieja banda de la Cruz Roja en la bodega del Quinti los Jueves Santos.

Es la calle del olor a plancha y a salchicha de mi infancia, las tardes de guitarra en La Rosa y los mil y un chupitos en La Bodeguilla. La calle de los besos imposibles en la barra de Lasal, del taperío patrio tradicional de la saga de Los Abuelos, que echaron los dientes al pie de la plancha; la calle de los fados de Víctor y las copas alternativas en el Juma, de las tardes de vino y rock en el Moly y el recuerdo difuso de aquella preciosa taberna escondida, La Dama.

La de las alitas de pollo con sangría en el Bayadoliz y aquella carne que se deshacía en la boca en El Alistano y sus chuletones de ensueño.

La calle del chorizo y la panceta en una brasa que nunca se apaga, la de los calimochos y los primeros esquiroles, la de su Virgen de la calle de septiembre. La calle de todas las generaciones y de todos los recuerdos. La calle de los sabores y de los colores, del tapeo tradicional, de la noche más tecno, del primer, del penúltimo vino. De los chatos con sifón al vino de apellido, de la caña a la cerveza artesana, de pincho moruno a la mejor delicatessen.

Es la calle de los sábados, cuando el bullicio se prolonga hasta la madrugada, incluso con el sol, llamando a la vida, despertando a una ciudad perezosa. La calle que latía bajo nuestra ventana cuando intentábamos conciliar el sueño, maldecíamos a todos los noctámbulos de la tierra y yo moría de amor contra tu costado.

Pero hoy te veo así, Calle de los Herreros, atada de pies y manos, amordazada, tus puertas cerradas, tus locales vacíos. Sin el rumor de tus pasos, sin besos, sin vida, en esta soledad de las diez que parece un mal sueño, una película irreal. Y cierro los ojos y repaso tanta vida, tantas cosas, que este toque de queda me rompe por los cimientos, me roba lo que somos, me parte el alma.

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