Toque de Silencio

 Silencio. El silencio campa a sus anchas por las calles de Zamora. Unas calles desiertas desde que el mundo quedase detenido por una pandemia. Son las diez, la frontera entre el día y la noche que marca el toque de queda en la ciudad. Es la llamada del silencio impuesto, obligado por ley en esta guerra contra un invisible enemigo; la vida puertas adentro, en los compartimentos estancos del alma. Silencio en la piedra. Este silencio atronador que toma por asalto cada noche, cada madrugada, la vieja ciudad, esperando que el día le devuelva la vida e inunde sus rincones.

Silencio denso, macizo, palpable. Un silencio sin necesidad de juramentos, sin toque de clarines convocando a la promesa, sin tambores rompiendo el cielo ni el solemne tañido de la campaña en la torre, sin lágrimas de terciopelo rojo tapizado la tierra. Ese silencio mágico, la ofrenda que cada año Zamora deposita a tus pies, el único silencio cedido a la voluntad o al perdón.

El mundo se calla sin hincar la rodilla y eleva la mirada al cielo y a la Cruz. Tu cruz, tu trono, tu reino que hunde sus raíces en el surco y la espiga, en el vino y el barro, cuerpo y sangre de Cristo en mi tierra. Silencio sobre la Catedral y su cúpula, sobre el Duero crecido y poderoso; silencio en los brazos de esa madera bendita que sin palabras nos dice todo. Este silencio sólo quebrado por el viento que llama de cuando en cuando con sus nudillos a mi ventana y sacude las persianas en noches de lluvia y temporal; este silencio que todo lo envuelve mientras escribo, que no hubiésemos imaginado ni en la peor de las pesadillas. Silencio que hace sólido el aire, que transforma en plomo cada hora; que tanto y a tantos nos ha robado sin hacer ruido.

Silencio en el duelo, en la herida, en las miles de estrellas nuevas que iluminan la noche. Tiempo de silencios en plena era de la comunicación. Este silencio insondable entre el hombre y Dios, que nos habla desde las tres miradas de su rostro doliente, tan perfecto. Silencio en esta cuenta atrás de la Cuaresma, un camino que este año conduce al interior de cada uno sin cera ni incienso perfumando la primavera, sin el rumor del gentío que sella sus labios al paso del Cristo. Silencio en las manos que no descenderán al Crucificado más hermoso para mostrárselo al mundo en la tarde del Miércoles Santo. Tanto silencio acumulado en un año de cierres, aforos y distancia. Silencio de soledades, maldito silencio sin besos.

Cristo de las Injurias, Señor de Zamora, mi Amor más cierto. Tú, que eres el dueño de nuestro silencio, devuélvenos la palabra. Tú, que sostienes a la ciudad en tus brazos, danos la mano, esa mano que tocamos desde los balcones, y muéstranos el camino para recuperar la vida, el pulso, la sonrisa y los besos.

Tú, que siempre nos hablas, devuélvenos el puntual silencio que juramos y bendice el cotidiano ruido de cada día. Deja que el mundo sólo calle ante Ti.

Porque yo cierro los ojos y te veo, y te hablo. Sea en Ti la palabra como el necesario pan de cada día; sea tu presencia inmensa el único toque de silencio que guarde en su corazón el hombre.

(Este artículo ha sido publicado en la revista Silencio que edita la Real Hermandad del Santísimo Cristo de las Injurias en su edición de 2021)

Foto: Paco Fuentes Vicario

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies