Un café, por favor

«Me pone un café, por favor». Es la frase más cotidiana, la de todas las mañanas, a pie de barra o en una terraza. Un café, por favor. Sólo un café.

Hasta que a mediados de marzo la vida se paralizó y todo se detuvo, hasta que la hostelería cerró sus puertas y se apagaron los fogones y las cafeteras, quizá nunca habíamos pensado en el peso, en la importancia de ese pequeño café que cada uno pedimos de una forma distinta.

Un café, por favor. Ese café de bar que nunca sabe como el café de casa. Ese café espumosito, cantarín, oscuro, aromático. Ese café mañanero que nos levanta el espíritu y nos aviva el cuerpo recién deserezado; ese café que sabe a gloria bendita en nuestros oscuros inviernos; ese café de reencuentro y tapa en la media mañana; ese café de sobremesa, antesala de tertulia y reposo, del rastro áspero del hielo en la garganta, la copa y el puro, a lo castizo. Un café, la sinfonía del vapor y el ajetreo, la cucharilla y el plato en las horas punta.

Zamora hoy se viste de vida con la instalación de sus primeras terrazas. Con esos primeros cafés cotidianos, esos cafés de siempre que nos sabrán como nunca.

No dejéis nunca más de ponernos ese café, hombres y mujeres de la hostelería, currantes, trabajadores del día y de la noche, amigos. Quizá hasta ahora no supimos que un café, ese pequeño café, es también el indicativo del pulso, del ritmo, de la vida en la ciudad. Un café.

Venga ese café, por favor. Sin azúcar, con leche y con hielo. Ese primer café en libertad, a cielo raso, entre la gente, con los míos. Ese primer café con la emoción en los labios.

Un café y un deseo: toda la suerte del mundo a los que hoy nos brindan ese primer café. A este mundo que un día se detuvo, que dejó de tomar café por las mañanas, que amanecía confinado, en blanco y negro, descafeinado, triste.

Sólo un café. Todo en un café. La vida.

Bravos.

(Foto portada: PadreseHijos.com)

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