Al encuentro de tu Virgen de la Salud

(A Juan José Ledesma, in memoriam)

Amanecía el viernes Zamora triste y mucho más pobre con la muerte del empresario Juan José Ledesma, un hombre bueno, generoso y sabio que se hizo a sí mismo y que supo construir con trabajo, honradez y amor una empresa puntera en el sector chacinero y una familia grande y amorosa donde todos aquellos que nos arrimábamos salíamos con las manos y el corazón llenos.

Noble, íntegro, profundamente humano, Zamora y en especial el Barrio de La Horta siempre estará en deuda con aquel tándem inigualable, el del buenazo de Casimiro Lorenzo, mi querido Casimiro, y el buenazo de Juan José Ledesma, tirando de la cofradía de su Virgen de la Salud, la Patrona de los Barrios Bajos, en los años en que escaseaban los cofrades en las filas y había que arrimar el hombro.

Años en que los refrescos de ésta y otras cofradías eran fruto de la generosidad de Juan José, que donaba sus productos sin anunciarse, sin que su mano izquierda supiese lo que hacía la derecha, como manda la Biblia, como dicta la discreción y la humildad. Y cuando lo hacía doy fe de que aquello era como el milagro de los panes y los peces, porque aquel embutido delicioso nunca se acababa, no había fin, como no había pobre a su lado.

Zamora, está Zamora pequeñita, está en deuda con quien tanto bien hizo y a tantas familias ayudó de forma anónima y desinteresada. Bien lo saben en el Barrio, su barrio, aunque jamás quiso ningún tipo de reconocimiento. Yo también lo sabía, Juanjo. Y si hacía falta dinero para la cofradía, se ponía. Y si había que buscar cofrades poco menos que casa por casa, ahí estaban Casimiro y Juan José (Pin y Pon los llamaba yo), los amigos eternos, buscando infatigables lo mejor para su Virgen y para su parroquia, la que el Martes Santo se llena de penitentes ante el Cristo de la Expiración, la misma donde nacieron y bautizaron a todos los de mi rama materna. La que el sábado se quedó pequeña para decir adiós en correspondencia a tanta humanidad.

Yo no sé si de verdad existe un cielo, pero sí sé que en la tierra has sido puro amor, que debe ser lo más parecido al cielo. Amor de toda una vida con la dulce Upe, con quien tantos paseos compartías por las calles del casco antiguo, por el arco de mi casa.

Amor a manos llenas con quienes te llevan en la sangre y en el corazón y continúan el oficio chacinero en el Mercado, con los delantales impecables y el olor a gloria bendita del adobo en las manos, la honradez en la frente y en la mirada; amor en tu hija Carmen, la que taconea alegrías por la vida, maestra de tantas flamencas, madre de Alicia, la delicadeza, el genio, la dulzura. Amor de abuelo y mecenas del arte de Arturo, de Ángel, y del teatro alternativo en una fábrica vacía; de la libertad, del bien. Porque nada hay en tu vida que no sean 96 años de bondad, de darse entero y hacerlo por el simple placer de ser bueno, no por una caridad mal entendida. Nada que no fuera una sonrisa siempre encendida, un abrazo de verdad, tan sin doblez.

Así, en silencio, como tanto te compartiste, amanecía el viernes más triste, más pobre, más frío en Zamora. Quizá ahí arriba, en el cielo, ya con tu inseparable Casimiro, la Virgen de la Salud te haya abierto los brazos. Que Ella, a la que tanto rezaste en la tierra, te cuide para siempre más allá de la vida y te salga al encuentro en esta travesía.

Aquí abajo la primavera se ha hecho invierno y las calles, las piedras de La Horta ya te echan de menos en un tiempo loco que cada vez sabe menos de hombres buenos.

Gracias por tu vida, Juan José querido. Descansa, vuela.


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