El silencio de las campanas

Zamora, Toro, Puebla de Sanabria, Fermoselle y numerosos pueblos de la provincia celebran hoy a sus Patronas en este septiembre sin fiestas, romerías ni procesiones.

Cada ocho de septiembre el calendario nos dice que Zamora es la tierra, la sábana, la cuna de la Virgen, la celebración, el gozo. Tantos nombres, tantas advocaciones, tantos pueblos que festejan la alegría, los brazos siempre abiertos de La Madre, la tradición de los siglos.

Es ocho de septiembre en un septiembre en que nada es como recordamos, como siempre ha sido. Septiembre sin galas de domingo y con las medallas en los cajones. Septiembre que no parece septiembre, epílogo de una primavera robada; este día de la Virgen sin el sonido de las campanas en las iglesias y en las ermitas, fiesta sin fiestas, sin romerías ni procesiones, sin las tradiciones más queridas, afianzados por el pueblo generación tras generación.

Los zamoranos acudirán hoy a la iglesia de San Vicente para visitar a la Patrona, la Virgen de La Concha, con aforo reducido, mascarillas y distancia, con la paz de las manos en la mirada. Con la deuda de una romería que no pudo ser en el Pentecostés eterno.

Las calles del casco antiguo guardan la ausencia del bullicioso mercado medieval y sus banderines al viento, las mágicas manos de las encajeras tejiendo bolillos. Y un poquito más allá, cerca del río, la Virgen de la Peña de Francia, la morenita de la tierra zamorana, no saldrá en procesión desde Cristo Rey a la ermita.

Están quietos los gigantes en La Puebla de Sanabria y sin toros de fuego y pólvora sus noches frías y eternas; vacías las cuestas, cerrados los miradores, sin la Virgen de las Victorias en procesión, sin las madrugadas en la plaza, junto al Castillo, esperando la primera luz del día.

Están mudas las gaitas en el santuario de La Alcobilla, sin los bailes y corridos bajo sus castaños milenarios ni las venias de los pendones que se abrazan cada año en el reencuentro, sin la subasta de castañas y la estampa de las pulpeiras, que sazonan con sal y pimentón todos los recuerdos.

Triste la campana torera de Carbajales de Alba, que ayer tañía con pena sin poder saludar a la Virgen de Árboles, la que luce sobre sus hombros los bordados carbajalinos; sin la emoción de los mozos corriendo los encierros, sin la juventud de las peñas apurando las noches como si fueran la última.

La hermosa Toro echa de menos a su Banda La Lira en el pasacalles solemne, a su Corporación de gala; la ofrenda a los pies de la Virgen del Canto, la más bonita, que bendice los campos de La Vega y abre la puerta a una buena cosecha, que este año no engalanará los carros de octubre, la celebración de la vendimia y el sudor de sus gentes.

Es el silencio de las campanas; ese silencio que también hoy siente Fermoselle por su Virgen de la Bandera; o Sejas de Sanabria por su Virgen de la Ribera o Vecilla de Trasmonte por la Virgen de las Bollas, o Valdescorriel por su Santina. En el nombre de María, de norte a sur, de este a oeste.

El pueblo, la tradición, les ha dado a todas cuna y nombre propio, leyenda y milagro; las siente suyas, las venera como Madres, las custodia como tesoros, las honra como protectoras y vecinas. Hoy es día de fiesta sin fiesta y los zamoranos rezan a puerta cerrada, a corazón abierto.

Sólo nos queda en este ocho de septiembre la memoria de los ancestros, el deseo de que pase deprisa este tiempo de pandemias y negaciones. El silencio de las campanas, que algún día volverán a repicar fiesta, abrazos.

Fotos: Archivo/Descubre Sanabria/Pueblos de Sayago

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