EPÍLOGO

El Domingo de Resurrección es el día más bonito del año porque Cristo viene a despertarnos Resucitado, en pie sobre el Sepulcro. Pero hoy el patio está vacío, tan triste. No hay rastro de voces, de pasos, de alegría, de la primera jota de la primavera ni de la flauta y el tamboril de Javier Cuadrado con su corbata carbajalina. 

Ya pesa como el plomo está ausencia de abrazos, la íntima satisfacción de culminar, sobrevivir con los amigos y la familia una nueva Semana Santa y cerrarla celebrando la vida, el tiempo de romerías que se abre como se abren las hojas en los árboles.

En las varas no ha florecido la primavera, ni huele a café mañanero en la cocina. Gabino era siempre el primero en llegar con los churros. Cuántas personas, cuántas cosas echamos de menos en estos días.

Esta paz tan cotidiana suple el bullicio de todos los años limpiando porrones, colocando fuentes, poniendo mesas, borriquetas y manteles, decorando las varas, esperando con emoción la llegada de Cristo Resucitado por la cuesta que conduce a la Plaza de los Tilos mientras la Banda de Zamora toca Cordero de Dios y las Marinas repican alegría. Gloria a Dios en esta tierra zamorana.

Hemos cerrado una Semana Santa vivida hacia adentro, tan distinta, con un silencio atronador en las noches, estas noches tan largas de toque de queda, y un vacío inmenso en los días, en las calles, en el alma; con aforo muy reducido en los templos y actos testimoniales que han recordado a la ciudad que Cristo este año moría a puerta cerrada, como han muerto miles de personas por una maldita pandemia, por un invisible virus más poderoso que todo lo visible. Un año más la primera túnica de los niños se ha quedado en el armario de los imposibles y mudas las esquilas del Barandales.

Sin carreras calle arriba calle abajo, idas y venidas, itinerarios y penitencias; sin mirar al cielo ni siquiera en días de tormenta, hemos llegado al Domingo de Resurrección desfondados, rotos, si cada día se nos moría un trocito de corazón. Zamora sin su Semana Santa en la calle es como un poema sin verso, como un beso sin amor, como una partitura sin música. Zamora sin su Semana Santa es un drama más allá de lo puramente cofrade.

Zamora resucita cada año cuando llegan los días de la Pasión, se pone en pie, abre puertas y ventanas, se hace fuerte en su gran tesoro, en este inmenso latido del pueblo que aprenden, que maman los niños desde la cuna y la leche de su madre, de la mano de su padre, primero como una tradición, como una fiesta, y después como una escuela de fe.

En Zamora la catequesis se imparte en sus calles cuando llega la primavera y la gente de a pie escribe el evangelio sobre sus hombros, en la fila o en las aceras.

Hoy el patio está vacío. Silencio en las campanas de vigilia en la noche, silencio en la cuesta que desciende al Duero, el río que nos da la vida. Este silencio que da miedo, que nunca deberíamos haber conocido.

Quizá Cristo subía resucitado de madrugada, cuando la ciudad aún dormía, y no quiso detenerse en la plaza porque ahora su presencia, su promesa, es más necesaria en tantos calvarios, tantas cruces como vive el hombre en este tiempo de pandemia. Juraría que sentí su paso leve proclamando el milagro cuando aún no había roto el día.

Es primavera y todo canta a la vida, todo es verde, todo es esperanza y un deseo: que el año que viene estemos todos, que no falte ninguno en el abrazo del patio, en las puertas de La Horta, en la gran celebración de la vida después de la vida. Este epílogo gozoso, de encuentro, que da sentido a tanta muerte.

Creemos y esperamos.

Foto: Carmina Turiño Belver

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