Flores para la Virgen Guapa

Floristería Miguel realiza el exorno floral de la Virgen de la Soledad, que ya está espuesta en San Juan en su mesa procesional para recibir la visita de los zamoranos. Es la Señora.

Para cualquier florista zamorano la Semana Santa representa la mejor oportunidad de lucir su trabajo y es un honor poder decorar las imágenes y pasos que salen en las procesiones. Bajo esa premisa, adornar la mesa procesional de la Virgen de la Soledad, la Señora, es un sueño, un privilegio.

La cofradía de Jesús Nazareno Vulgo Congregación decidió hace años que varios maestros floristas, turnándose año tras año, pudiesen realizar el exorno floral de la Virgen, a cuyos pies reza toda Zamora.

Este año, el responsable del adorno es Miguel Martín (Floristería Miguel, calle Santiago), quien sabe que la Soledad no saldrá a la calle en la madrugada del Viernes Santo ni en la tarde del Sábado, pero ha realizado un primoroso trabajo floral para realzar la impresionante belleza de la Virgen Sola. La Virgen Guapa.

Miles de ojos se posarán en Ella durante estos días y miles de plegarias quedarán selladas bajo su mirada dulce.

Cuatro horas de trabajo

Es mediodía. El reloj de la Plaza Mayor marca las dos de la tarde. Las manos expertas de Marisol y Soledad, camareras de la Virgen, ayer la ponían (más) guapa. Cuando las puertas de San Juan se cierran al público, Miguel comienza un trabajo pausado y concienzudo en el oficio y corazón se dan la mano. Afuera, la vida late en las terrazas. Nadie diría que apenas un muro de piedra resguarda uno de los momentos más íntimos y bonitos de la Semana Santa, cuando el florista se enfrenta a la tarea de decorar la imagen de mayor devoción en Zamora.

Simbología

Nada es casual en el adorno del paso, todo está concebido como un conjunto. El propio Miguel se ha desplazado personalmente a Cádiz a por las flores de la Virgen y cada una tiene su lenguaje y su simbología, y también la interpretación que el florista les da. Es su forma de decirle a quienes la contemplan lo que él siente.

Blancas todas en señal de pureza, las rosas de pitiminí forman un corazón y las calas son el recuerdo de las flores que siempre llevó la Virgen a sus pies, para que no se pierda esa hermosa tradición.

En el frontal delantero de la mesa, el anagrama de la cofradía se reconoce entre las flores. Es la Soledad de hombres y de mujeres, de cofrades y no cofrades, de devotos y de quienes se quedan extasiados mirándola la primera vez que acceden a San Juan.

Con paciencia, conocimiento y mimo; casi con ternura, Miguel va tapizando el camino de la Virgen ayudado por su hija y su sobrino: rosas avalancha, orquídeas, lilium longiflora, paniculata, hiedra y eucalipto estabilizado conforman un hermoso jardín a los pies de la Soledad que surge como de la nada. 

Un trabajo de pericia floral, pero también de inspiración, de corazón y de fe. Sólo hay que ver la cara del florista cuando mira a la Señora y los ojos casi se le empañan. Uno no sabe si trabaja o reza.

No es para menos; en sus manos entrelazadas cabe Zamora entera. Allí, en la intimidad de San Juan, en el silencio de una iglesia cerrada, no hay lugar al postureo, al ‘quitate tú para ponerme yo’. Y ahí, a puerta cerrada, en estos ritos que aún se preservan de las miradas del gran público, reside la magia, late el corazón más puro de la Semana Santa. Bendito silencio.

El reloj avanza. Han transcurrido más de tres horas y aún queda parte del trabajo, en el que hay que procurar que las flores no tapen a la imagen y luzcan también la mesa y sus detalles, como las molduras y pequeñas cruces. También hay que controlar la iluminación para no provocar sombras en el rostro de la imagen. Pequeños detalles que conforman un conjunto maravilloso.

La Soledad luce preciosa un año más. Y si no sale a las calles, serán los zamoranos quienes acudan a visitarla en su casa.

Ya son las cinco. Esperanza, la encargada de la iglesia, abrirá en breve las puertas de San Juan y la directiva de Jesús Nazareno acude al templo para marcar el suelo y crear un circuito con las medidas de seguridad que impone la pandemia.

Muros afuera, apostados ya en la puerta sur, bajo el rosetón románico, comienzan a concentrarse los zamoranos. 

La Virgen de la Soledad, radiante en un trono de flores blancas, enmarcada en su sencillo luto, nunca está Sola.

Fotos: Ana Pedrero

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