Toca diana, Merlú!

¡Toca diana, Merlú!


Me gusta más escuchar el toque de diana que obedecer el de queda, pero es lo que hay en este duro tiempo que vivimos. El toque de queda se impone en una guerra o una catástrofe y ahora vivimos guerra y catástrofe juntas, triunfante la pandemia en su guerra y desarbolada la economía en la catástrofe.

El mundo está aturdido y, lo que es peor, cegado ante una enfermedad, natural o química, originada por la naturaleza en su defensa o causada por la maldad y la ambición del hombre para buscar la aniquilación, que nos ha dejado sin pulso, sin vida, economía, futuro… Todo ha quedado arrasado. ¿Hasta cuándo?


Por su sentido original, tiene fuerza y hasta salero el toque de diana castrense en el imperioso inicio del día del cuartel: «»Arriba, levántate y camina, te aguarda la vida», el popular fraseo del «quinto levanta, tira de la manta». Ya escribí hace tiempo que el merlú de Antonio Pedrero, perpetuo bronce plantado en el corazón de la ciudad, desprovisto de su origen primero, el penitente, tenía que ser, sobre todo, un toque de diana, una demanda a los zamoranos para levantarnos cada día con la esperanza en los ojos y trabajar por un futuro mejor para nuestra tierra.

Hoy, cuando el toque de queda se impone ante la catástrofe que se nos ha venido encima, y que se nota más en ciudades como Zamora por las que ya había pasado el devastador virus de la emigración y el abandono, año tras año, impertérrito, inclemente, imparable, nos queda ese monumento para recordarnos que seguimos vivos pese a tanta calamidad, que tenemos que levantarnos cada día, que continuamos en la lucha por un mejor futuro, sin bajar los brazos, sin desesperación.

Sí, el merlú es el sonido que cada Viernes Santo se nos mete en el corazón, nos suena a gloria bendita, llamándonos a penitencia y emoción a tantos zamoranos. Un toque de diana estremecedor para levantar las conciencias y los corazones. Es el sonido que reclama desde el sentimiento más noble a tantos otros zamoranos de nuestra propia sangre, ya en el otro mundo, para que regresen a nuestro lado y nos acompañen esa madrugada en la procesión, agarrados a nuestra cruz y pensamiento. Pero tras esa estampa emocionante, el merlú tiene que ser, durante todo el año, siempre, el acicate que nos fuerce a seguir en pie, para salir a buscar el futuro y, si es preciso, arrancárselo de las manos a quienes lo tienen y no nos lo dan en su avara política de ideologías y privilegios.

El merlú debe ser el toque de diana para seguir soñando con una Zamora mejor y con mas vida. Y ahora sí, cumplamos con este toque de queda que, dicen los «entendidos», es, del mal, el menos. ¡Estamos tan desconcertados, tan angustiados que zozobra el ánimo, se hunde la esperanza. Por eso debemos escuchar cada día el merlú como un toque de diana alentador o, al menos, reconfortante. Ahora más que nunca, en medio de esta inmensa tormenta sin fin, queremos que el merlú levante con su corneta un grito de fe y de justicia y golpee con su tambor la desazón y el luto. ¡Vamossssss!

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