Velando almas y plegarias: REGRESAMOS

El mundo se vistió de silencio, sobrevino el dolor, la muerte, la enfermedad, el miedo. Una pandemia se extendía como una maldición mientras la humanidad se hacía cada día más pequeña, más vulnerable, ante un enemigo invisible que cerró las puertas de las casas y ventanas, de la vida, de todo lo conocido. Nuestra bendita, antigua, normalidad.

Zamora se resguardó en sus murallas, en la soledad de los días y de las noches por sus calles vacías. Era marzo, el calendario llamaba ya a procesión, a abrazo, a reencuentro. Pero el mundo se quedó sin abrazos, sin encuentros, sin besos. Los cristos y las vírgenes se quedaron en los templos a puerta cerrada y sin embargo la primavera vino a posarse un año más en Zamora como un recordatorio de la vida, de la alegría de la Pascua en el abril más triste. El Duero acompañaba tanto silencio con su cántico. Entendimos como pueblo, como nunca, que nuestra procesión iba por dentro, tan dentro.

Han pasado dos años y la primavera llama a las puertas de nuestras casas, abiertas ya de par en par. El cielo pinta de rojo los atardeceres sobre el río, la piedra se enciende en oro. Zamora ya está lista, contiene la respiración, es un solo latido. La mesa procesional del Nazareno cruzaba esta misma tarde el puente camino de San Frontis y un inmenso campanil descendía desde la panera hasta el arrabal del Espíritu Santo, donde su Cristo hoy duerme con el pie posado en la tierra, descendido de su altar, para ser el viernes el dulce leño sobre las espaldas de sus cargadores. Desde aquí podría adivinarse ya el perfume del incienso, la salmodia, el rumor de quienes esperan la procesión.

Zamora se va a dormir mientras despierta de una terrible pesadilla que puso a los hombres de rodillas y nos robó la palabra, la caricia, lo cotidiano. Ya no somos los mismos.

Zamora vela almas y plegarias con miles de estrellas nuevas en el cielo. Nuestros muertos, que no tuvieron despedida ni duelo, regresan esta a la ciudad esta noche para ser con nosotros, en nosotros. Y nos duelen, y nos dan la mano, y nos iluminan, nos impulsan para continuar el camino. Hoy resucitamos.

Mañana soltaremos esta cruz de cada uno que nos quema la piel, tantas cosas, y la pondremos sobre los hombros del Nazareno. Ahí, a sus pies, junto al río, comienza el milagro, comienza la vida.

Regresamos. Ya estamos, ya es.

Foto: Paco Fuentes Vicario

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