Toro sueña su Carnaval

Hace un año, en febrero de 2020, nadie podría imaginar a Toro sin su Carnaval, cuyos orígenes se remontan al siglo XVI. Su gran fiesta, la que desborda de vida la ciudad, cuna de leyes, del vino y de las coplas.

Sus calles y plazas vacías, su hostelería semicerrada, el silencio que pesa como plomo en el aire, una Plaza Mayor sin carpa, los días sin música, las noches sin bombillas…

Una terrible pandemia detenía el mundo en marzo de 2020 y este año Toro sueña su Carnaval con los disfraces en el baúl y las coplas de las murgas y parodias en el cajón de los imposibles.

La fiesta de los Años 60 que supone el pistoletazo de salida para los más jóvenes, la Boda Infantil del Sábado o la gran Boda del Domingo Gordo, que viste a Toro de gala tradicional con su espectacular indumentaria, la que con tanto mimo cuidan Mario y Marta, las Tierras Llanas y Tierras de Toro ; las voces ácidas y divertidas de las murgas, el buen humor y la generosidad del pueblo toresano, sus brazos abiertos, el colorido de las carrozas, los papelillos y serpentinas, la alegría de los disfraces…

Todo este año se ha detenido, aparece congelado en el tiempo, como un mal sueño, y Toro vive en silencio un Carnaval imposible mientras el Duero crece y se desborda a sus pies. Cómo llueve por Bardales, Tío Babú.

Las coplas y carrozas de Vichi, de Las Domingueras, Los Peseteros, Las Tunantas, el maestro Rivaldi, el vino jotero de Óscar, el almíbar de Josué, las parodias de Elier y demás compañeros mártires, la ilusión de los niños que estrenan su primer disfraz, que maman de la teta de su madre la tradición heredada de sus mayores.

Tantos amigos, tantos colectivos y carrocistas que este año pasan de brazos caídos y con el alma rota unos Antruejos que pasarán a la historia como los más tristes, con el viento vagando por sus calles desiertas y soportales, con el vino reposado en botellas y bodegas, con las terrazas como débil recordatorio de las parodias que hace apenas un año abarrotaban la mañana del domingo con el poder del ingenio.

Están en silencio los acordes alegres de la Banda La Lira y en sus fundas los instrumentos de pulso y púa de su querida Rondalla, la voz portentosa de Fidel, la música alegre de los Hombres de Paco Bielva, el eco del eterno tamborilero Modesto, mientras en el balcón de su Ayuntamiento cuelgan enormes caretas que le recuerdan al mundo que, a pesar del dolor y de la muerte, de la prohición, de las mascarillas y la ausencia de abrazos y sonrisas, Toro vive su Carnaval hacia adentro y no olvida su más querida tradición.

Desde allí, desde ese balcón del Ayuntamiento al que ayer se asomaba su alcalde, Tomás del Bien, para llamar a la prudencia y a la esperanza, el eco de las campanas de La Colegiata desgrana las horas y el tiempo posa los ojos en el Arco del Reloj, el que lleva en su argamasa el vino, la sangre de esta tierra. Ya falta menos para el Carnaval 2022. 

Ahora lo importante es que estemos todos: los toresanos para recibirnos y quienes cada año acudimos puntuales a su llamada para fundirnos en el abrazo y en el cántico, en el brindis y la alegría y vivir de su mano su tradición secular, su profesión de fe de febrero, el más hermoso Carnaval. Se lo debemos a quienes ya no estarán con nosotros.

Lo canta una murga de principios de siglo que rescató el gran José Luis Parra, que es himno y bandera en las reuniones familiares en mi casa: Ole y olé, que viva Toro! 

Y así, viviendo, esperando, lo celebraremos juntos el año que viene, para mayor gloria de Don Carnal, que cederá su cetro a Doña Cuaresma y sus rigores.

Hasta entonces, esperadnos!!

Fotos: Marisol Cámara

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